Sanchicorrota y el karma

Sanchicorrota y el karma

Bardenas Reales, 2009.

Hasta no hace mucho, «echarse a las Bardenas» era en muchos pueblos de la Ribera navarra sinónimo de huir de la justicia. La expresión no es gratuita: este territorio semidesértico de más de 40.000 hectáreas, situado al sureste de la comunidad foral y catalogado en la actualidad como Parque Natural y Reserva de la Biosfera, fue durante siglos refugio de todo tipo de malhechores.

El origen del fenómeno parece encontrarse a finales del siglo XIII, durante el reinado de Sancho VII. Al terminar las guerras que Navarra mantuvo con Castilla y Aragón, algunos soldados se reconvirtieron en bandoleros y, de acuerdo con las crónicas del sacerdote José de Moret, «infestaban la Bardena, por ser tierra quebrada y cubierta de boscaje». Los estragos que causaban eran de tal magnitud que el propio rey Sancho recomendaba a los lugareños que ahorcaran sin juicio previo, en cualquier lugar y a la hora que fuera, a los bandidos pillados in fraganti.

El más célebre de los forajidos que poblaron las Bardenas Reales fue sin duda Sancho Rota, alias Sanchicorrota. Como suele suceder en estos casos, la historia de su vida es una mezcla de datos contrastados y hechos legendarios glosados por el saber popular. Vivió durante el siglo XV y se adueñó de la práctica totalidad del territorio aprovechando la ausencia de tropas, ocupadas en ese momento en las luchas entre beamonteses y agramonteses. Tenía su guarida en una cueva situada en la cima de la montaña que hoy lleva su nombre. Se dice que encargó su construcción a unos amigos a los que, una vez terminadas las obras, no sólo no les pagó el trabajo sino que los asesinó. Una bellísima persona el tal Sancho, sí.

Bardenas Reales, 2009.

En sus mejores tiempos, Sanchicorrota se paseaba a caballo, Bardena arriba y Bardena abajo, junto a un grupo de unos 30 esbirros, imponiendo su ley por las malas o por las peores. El dominio que llegó a conseguir alarmó tanto al monarca de entonces, Juan II, que en 1452 éste mandó un ejército de 200 caballeros para acabar con el bandido y sus secuaces. La operación fue un éxito: la partida de Sanchicorrota fue completamente aniquilada y él se suicidó clavándose un puñal antes de ser capturado.

Sin embargo, la cosa no terminó aquí: los hombres del rey recogieron el cuerpo del criminal, lo trasladaron a Tudela y allí lo colgaron de una horca, donde permaneció para goce y disfrute de los transeúntes hasta que las aves de rapiña lo dejaron en los huesos. Y es que, como saben muy bien en la India, por cada acción que cometas recibirás una reacción igual y opuesta. Vamos, que todo el mal que hagas acabará volviendo a ti. Resulta obvio que Sanchicorrota desconocía la ley del karma. O que no veía la serie «Me llamo Earl».

– Fotografías y texto publicadas originalmente en 2009 en mi extinto blog xavieraragonesfoto.wordpress.com.

Sobrantes, indigentes y miserables

Sobrantes, indigentes y miserables

Bardenas Reales, 2009.

Conocida como la Blanca, la depresión central de las Bardenas Reales es la parte más desértica de este extenso parque natural del sureste de Navarra. A lo largo de millones de años, la erosión ha modelado en esta zona un paisaje de tonalidades blanquecinas y aspecto prácticamente lunar, con cabezos de formas singulares y profundos barrancos, más propios del Mojave norteamericano que de la Ribera tudelana.

Se trata de un lugar inhóspito en el sentido más estricto de la palabra, con inviernos gélidos y veranos infernalmente calurosos en los que los mosquitos martillean sin piedad las sufridas epidermis de los visitantes. Apenas llueve y, cuando lo hace, las precipitaciones son torrenciales, muchas veces en forma de tormentas. Hasta hace un par de siglos era escenario habitual de las fechorías de bandoleros como el legendario Sanchicorrota. En la actualidad sirve como pasto a entre 20.000 y 100.000 ovejas y cabras, dependiendo del momento del año. Y, desde 1951, 2.244 hectáreas de la Blanca se utilizan como polígono militar de tiro para la aviación.

Bardenas Reales, 2009.

Todavía hoy podemos encontrar, esparcidas sobre el suelo estepario de arcilla y arenisca, numerosas cabañas en las que los pastores solían refugiarse durante la trashumancia. Unas pocas todavía se usan, pero la gran mayoría están abandonadas y en ruinas. Al lado mismo de la pista que rodea el polígono de tiro pudimos visitar una, con corral anexo, en la que todavía quedaban rastros de las últimas ocasiones en que fue ocupada: la calavera y el espinazo de un mamífero (suponemos que una oveja), varias botellas de vino y sidra y un plegatín cubierto de óxido.

A pesar de la aridez del terreno y de la dureza del clima, hubo una vez alguien a quien se le ocurrió poblar las Bardenas Reales. En 1772, el maestrante valenciano Lorenzo Díaz de Lamadrid presentó al rey Carlos III un proyecto para construir varios pueblos en los que cada colono recibiría, entre otras posesiones, una vivienda, 50 fanegas de tierra cultivable, cierta extensión para plantar árboles y viñedos, una pareja de bueyes, cinco gallinas con su gallo e instrumental de labranza.

Bardenas Reales, 2009

Según explica la guía del parque editada por la Comunidad de Bardenas Reales, la idea de Díaz de Lamadrid, muy acorde con el despotismo ilustrado que imperaba en la época, era trasladar a estas localidades las muchas familias españolas «sobrantes, indigentes y miserables, que viven del puro arbitrio», con el objetivo de dar utilidad a «unos vasallos perdidos y perjudiciales para la sociedad».

El caritativo maestrante sólo exigía a cambio: primero, elegir él mismo los lugares de los asentamientos; segundo, que el rey pagara la construcción de consistorios, iglesias y casas para los párrocos, la exención de algunos impuestos y la superintendencia de las villas, y por último, que se le concediera el rango de coronel de caballería. El proyecto nunca se llevó a cabo y, muy probablemente, terminó equilibrando alguna mesa coja del Palacio Real de Madrid.

– Fotografías y texto publicadas originalmente en 2009 en mi extinto blog xavieraragonesfoto.wordpress.com.